SURESTE : El campo canario necesita jóvenes, tierra y un futuro rentable

Por estas fechas, hace años, los campos del Sureste volvían a llenarse de actividad. La zafra del tomate daba trabajo a aparceros, peones, transportistas y personal de los almacenes de empaquetado. También se cultivaban pimientos, pepinos, habichuelas y berenjenas. Aquella agricultura sostenía a muchas familias y mantenía viva una cadena económica que iba mucho más allá de la finca.
Hoy miramos parte de ese paisaje y cuesta reconocerlo. El tomate canario sigue existiendo, pero ha perdido terreno en los mercados. El Tribunal de Cuentas Europeo constató que las ventas de tomate canario fuera del archipiélago pasaron de unas 53.000 toneladas en 2017 a 21.500 en 2023, una caída del 59 %. Entre las causas señala la competencia exterior, especialmente la de Marruecos.
A esta pérdida se suma otra preocupación: faltan personas dispuestas a tomar el relevo. Trabajar en el campo exige esfuerzo físico, jornadas condicionadas por el clima y, en muchas explotaciones, afrontar la incertidumbre de cada campaña. Si a eso añadimos ingresos insuficientes, dificultad para acceder a tierras y agua, y obstáculos para poner en marcha una explotación, es comprensible que muchos jóvenes busquen oportunidades en otros sectores.
La protección social también debe explicarse bien. Los trabajadores agrarios por cuenta ajena están integrados en el Régimen General de la Seguridad Social, dentro de un sistema especial con particularidades de cotización durante los periodos de actividad e inactividad. Por eso hay que atender a cómo son realmente los contratos, cuántas jornadas se trabajan y qué estabilidad ofrece el empleo.
No podemos pedir a un joven que vuelva al campo únicamente por amor a la tierra. Tenemos que ofrecerle una profesión con perspectivas: formación, tecnología, condiciones laborales dignas y una explotación capaz de vender lo que produce a un precio justo. Lo mismo vale para la ganadería, que necesita suelo, agua, instalaciones y trámites que permitan trabajar con garantías.
El peso económico actual muestra cuánto margen tenemos para mejorar. Según el ISTAC, la agricultura, la ganadería, la silvicultura y la pesca aportaron el 1,7 % del valor añadido bruto de Canarias en 2024. Si se incorpora el conjunto de actividades agroalimentarias, incluidas la industria, el empaquetado y el comercio relacionado, la cifra alcanza el 4,9 %. No son la misma medida, pero ambas recuerdan que detrás de una cosecha hay mucho más empleo que el de la finca.
También debemos decidir qué futuro queremos para el suelo agrario. Las energías renovables son necesarias, pero su implantación debe planificarse con cuidado. Antes de ocupar una parcela fértil, hay que estudiar su valor agrícola, el impacto paisajístico y las alternativas disponibles. Producir energía y conservar la capacidad de producir alimentos deben formar parte de una misma planificación.
El turismo seguirá siendo fundamental para Canarias. Ahora bien, nuestros jóvenes deberían poder elegir también la agricultura y la ganadería como proyecto de vida. Diversificar la economía empieza por conseguir que trabajar la tierra vuelva a merecer la pena.
Para ello hacen falta compromisos concretos: recuperar suelo productivo, facilitar el acceso al agua, apoyar la incorporación de jóvenes, modernizar las explotaciones y ayudar a vender mejor la producción local. Después habrá que medir los resultados en hectáreas cultivadas, empleos estables y nuevas explotaciones que sobrevivan más allá de la primera ayuda.
El Sureste ya demostró que sabe cultivar y producir. La pregunta para las administraciones es sencilla: ¿qué van a hacer para que la próxima generación pueda ganarse la vida en el campo?










